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Dios es amor El Dios que castiga

Un gran velo

Mi querid@ teólg@, un gran velo cubre nuestros ojos y vemos el rostro de Dios Padre todo borroso. Es el velo del temor. El velo del Antiguo Testamento, leído y expresado por la cultura judía, con grandes limitaciones filosóficas y teológicas. Jesús, con su comportamiento y con la parábola del hijo pródigo (mejor seria llamarla del padre bondadoso), revolucionó esa visión que entre los hebreos era común, con algunas cualificadas excepciones. Según la visión de Jesús, Dios es amor, sólo amor, nada mis que amor.

Dios Padre es vida, sólo vida, nada más que vida. Donde hay enfermedad y muerte, Dios Padre, que es el Dios de la vida, se hace presente como médico y consolador. La muerte física, psíquica y espiritual, parcial o total, es cuando el ser humano rechaza al Maestro que previene, y al Medico que cura. Es como cuando uno se muere de frío, no porque no haya fuego o porque éste no quiera dar calor, sino porque uno se aleja y se esconde del fuego, del sol, de la luz.

¿Qué imágenes se tiene de Dios? ¡Imágenes contaminadas, blasfemas! Las de un dios antojadizo, castigador, vengador. Nosotros, los adultos, hasta tenemos el descaro de desmenuzar estas imágenes a los niños. Les decimos que si no obedecen al papá o a la mamá, Dios los va a castigar; que si no van a misa, Dios los castiga. En realidad, estamos haciendo el papel del demonio, desacreditando al verdadero Dios.

Hemos proyectado en Dios las imágenes negativas de algunos padres que a menudo “padrinos mafiosos” son padrastros. No pudiendo o no queriendo mejorar nuestra paternidad, nos hemos querido convencer de que Dios tiene nuestros mismos defectos y así lo transmitimos de generación en generación. De este incalificable mecanismo de defensa, los más responsables somos nosotros, hombres y mujeres de iglesia.

Nuestra ignorancia sobre la verdadera imagen de Dios no es libre de culpa, porque está inspirada en la salvaguarda y el reforzamiento de nuestros poderes y privilegios. De manera que, siendo nosotros tiranos, hemos predicado a un dios tirano poderosos para complacer a los tiranos, los cuales a menudo fueron y son nuestros amigos y bienhechores.

Afortunadamente, algo empieza a cambiar dentro de la Iglesia, a este respecto.

En el documento del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano, – 2.2 Un año dedicado a Dios, nuestro Padre, 3, 4 párrafo), escrito para celebrar el 1999 como el año del Padre, los obispos dicen así:

¡Qué don tan grande, entonces, poder dedicar un año a su paternidad para espantar del alma humana las caricaturas de Dios que tanto daño nos hacen y nos han hecho! Un año para dejar de lado al Dios justiciero, vengativo, castigador. A un Dios hecho a imagen y semejanza del hombre, incapaz de clemencia y de perdón. Un Dios-ley, un Dios impredecible, arbitrario, antojadizo. Un Dios-naturaleza, del que sólo conocemos su poder, que muchas veces nos aterra. Un ídolo. Una caricatura. Una simple mueca de una búsqueda sincera pero incompleta.

¡Qué don tan grande tener un año para evangelizar sobre Dios, sobre el Padre, y hablar acerca de su corazón y de su belleza a los cuatro puntos cardinales! Un año para exorcizar las visiones erráticas sobre Dios, enderezar las torcidas, completar las parciales y llenar de gozo el corazón humano, que esta inquieto hasta que no descanse en Él (cfr. San Agustin)".

Dios no castiga en absoluto, todo lo malo, lo enfermo, en la mente y en la sociedad tiene nombre y apellido humano dijo JP II el 1ero de enro del 2002 y el actual Papa a los enfermos que iban a Lourdes, dijo, "Dios nos ha creado para la vida y la felicidad, pero la enfermedad y la muerte son consecuencias del pecado".

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El Dios que castiga

¿Quién creó el infierno?

Yo no sé, pero ciertamente no es Dios el autor del infierno ni es él quien manda al infierno. Su obra creadora terminó al séptimo día, y contemplando su creación vio que todo era bueno. Lo que empezó a existir después: el pecado, la muerte, el infierno, son obra del ser humano, no castigo de Dios. Dios llora delante del infierno y hace de todo para que nadie caiga en él. Oigan lo que dijo el Papa Juan Pablo II el 28 de julio de 1999, año del Padre: “el infierno no se trata de un castigo de Dios inflingido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida “….” Es la última consecuencia del pecado mismo, quien se vuelve contra quien lo ha cometido“.

No sé que harán con la pintura de la capilla sixtina, en la que se representa a Cristo con la mano levantada para mandar al infierno. Tendrán que explicar que en realidad no es así, y que eso era una forma popular y cultural de entender las cosas. De hecho, no hay ningún dogma que diga que Dios hizo el infierno ni que decide quién cae en él.

Escuchemos al Papa en la misma catequesis: “Para describir esta realidad, la Sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico que se precisará progresivamente“. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente.

Me atrevo a decirles también que si no están convencidos de esto y siguieran enseñando que Dios es quien creó el infierno y es El quien manda al infierno, mejor no salgan a misionar, porque contribuirían a seguir ensuciando la amorosa imagen de Dios; y seguirían predicando la religión del temor en lugar de abrir la puerta a la religión del amor. La del temor sirvió pedagógicamente antes, porque el temor es el inicio de la sabiduría; pero es solo el inicio, y no ayuda para crecer hasta la estatura de Cristo, quien dio su vida por amor, y es la imagen visible del Dios invisible.

Leamos todavía, para concluir, un párrafo de la catequesis del Papa sobre el infierno: Por eso la “condenación” no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso Él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La condenación consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción

Preguntan que cómo pudo prolongarse por tantos siglos la imagen del Dios castigador. Doy 3 razones:

  1. El pensamiento hebreo (y la Escritura ha sido escrita dentro de ese pensamiento, especialmente el Antiguo Testamento) no conocía el concepto de “causa segunda”. La causa segunda es el ser humano. Sólo conocía la “causa primera”, que era Yavé. Entonces, de Yavé’ venia lo bueno y lo malo. Job dice: si de Yavé hemos recibido los bienes, ¿no vamos a recibir los males? (Job. 2,10). Y I Samuel 2,6 dice: “El señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece”. Y cuando quedaban desconcertados ante alguna actuación de Yavé demasiado difícil de entender, decían: Yavé sabe por qué.
  2. La mentalidad hebrea, en lo que a imagen de Dios respecta, ha sido mantenida para conveniencia de los poderosos de todos los tiempos, porque la imagen de un Dios castigador hacia su juego de castigadores de aquellos que no quería observar sus leyes antojadizas; un concepto filosófico, el de los hebreos, que apuntalaba de mil maravillas su poder injusto; también porque desalentaba todo tipo de denuncia de injusticia o prepotencia. Tenemos que admitir que este juego ha tenido vigencia también al interior de la estructura eclesiástica, desde el tiempo del emperador Constantino.
  3. Finalmente, hay una tercera razón por la que se ha tardado tanto en descubrir que la imagen de Dios, que Jesús había presentado en la parábola del hijo pródigo era muy diferente. Es que a esta parábola se
    le puso el titulo equivocado; en lugar de titularla el Padre amoroso se llamó del Hijo pródigo (como sugiere la lógica de las otras dos parábolas de la misericordia del mismo cap.15 de Lc.); de manera que los predicadores han siempre enfocado la necesidad de conversión y no el amor incondicional y tierno del Padre.

Presentan también el temor que esta imagen de un Dios-todoamoroso alentaría a los delincuentes para que sigan haciendo fechorías porque de todas maneras no les pasaría nada.

Es que no se entendió que las malas acciones tienen sus consecuencias funestas de todos modos, como efecto natural; eso si, no por castigo de Dios.

El problema es hacer entender a los malhechores (allí estamos también nosotros) que las malas acciones llevan al infierno de todos modos; eso si, no porque Dios manda si no, por voluntad propia.

Si no se entiende esto no hay conversión, ni si se amenaza con un Dios castigador. Más bien, hablándoles de un Dios-todo-amor a los malhechores, se les da la posibilidad de volver a Dios porque no le sienten miedo; como le pasó al hijo pródigo de la parábola, el cual volvió porque sabía que su padre era bueno.

Además, que “Dios es todo amor” es la verdad, y la verdad hace libres para amar a Dios y al prójimo y a si mismo (Jn. 4,16-18) Por nuestra parte, hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en un Dios es amor. El que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. Cuando el amor alcance en nosotros su perfección, miraremos con confianza al día del juicio. Él es amor no temor.

El amor perfecto echa fuera el temor, pues hay temor donde hay castigo. Quien teme no conoce el amor perfecto,

Además de nunca más decir Dios te castiga hay que aprender a decir en lugar de todopoderoso un Dios, Todoamoroso