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El Dios que castiga

¿Quién creó el infierno?

Yo no sé, pero ciertamente no es Dios el autor del infierno ni es él quien manda al infierno. Su obra creadora terminó al séptimo día, y contemplando su creación vio que todo era bueno. Lo que empezó a existir después: el pecado, la muerte, el infierno, son obra del ser humano, no castigo de Dios. Dios llora delante del infierno y hace de todo para que nadie caiga en él. Oigan lo que dijo el Papa Juan Pablo II el 28 de julio de 1999, año del Padre: “el infierno no se trata de un castigo de Dios inflingido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida “….” Es la última consecuencia del pecado mismo, quien se vuelve contra quien lo ha cometido“.

No sé que harán con la pintura de la capilla sixtina, en la que se representa a Cristo con la mano levantada para mandar al infierno. Tendrán que explicar que en realidad no es así, y que eso era una forma popular y cultural de entender las cosas. De hecho, no hay ningún dogma que diga que Dios hizo el infierno ni que decide quién cae en él.

Escuchemos al Papa en la misma catequesis: “Para describir esta realidad, la Sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico que se precisará progresivamente“. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente.

Me atrevo a decirles también que si no están convencidos de esto y siguieran enseñando que Dios es quien creó el infierno y es El quien manda al infierno, mejor no salgan a misionar, porque contribuirían a seguir ensuciando la amorosa imagen de Dios; y seguirían predicando la religión del temor en lugar de abrir la puerta a la religión del amor. La del temor sirvió pedagógicamente antes, porque el temor es el inicio de la sabiduría; pero es solo el inicio, y no ayuda para crecer hasta la estatura de Cristo, quien dio su vida por amor, y es la imagen visible del Dios invisible.

Leamos todavía, para concluir, un párrafo de la catequesis del Papa sobre el infierno: Por eso la “condenación” no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso Él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La condenación consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción

Preguntan que cómo pudo prolongarse por tantos siglos la imagen del Dios castigador. Doy 3 razones:

  1. El pensamiento hebreo (y la Escritura ha sido escrita dentro de ese pensamiento, especialmente el Antiguo Testamento) no conocía el concepto de “causa segunda”. La causa segunda es el ser humano. Sólo conocía la “causa primera”, que era Yavé. Entonces, de Yavé’ venia lo bueno y lo malo. Job dice: si de Yavé hemos recibido los bienes, ¿no vamos a recibir los males? (Job. 2,10). Y I Samuel 2,6 dice: “El señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece”. Y cuando quedaban desconcertados ante alguna actuación de Yavé demasiado difícil de entender, decían: Yavé sabe por qué.
  2. La mentalidad hebrea, en lo que a imagen de Dios respecta, ha sido mantenida para conveniencia de los poderosos de todos los tiempos, porque la imagen de un Dios castigador hacia su juego de castigadores de aquellos que no quería observar sus leyes antojadizas; un concepto filosófico, el de los hebreos, que apuntalaba de mil maravillas su poder injusto; también porque desalentaba todo tipo de denuncia de injusticia o prepotencia. Tenemos que admitir que este juego ha tenido vigencia también al interior de la estructura eclesiástica, desde el tiempo del emperador Constantino.
  3. Finalmente, hay una tercera razón por la que se ha tardado tanto en descubrir que la imagen de Dios, que Jesús había presentado en la parábola del hijo pródigo era muy diferente. Es que a esta parábola se
    le puso el titulo equivocado; en lugar de titularla el Padre amoroso se llamó del Hijo pródigo (como sugiere la lógica de las otras dos parábolas de la misericordia del mismo cap.15 de Lc.); de manera que los predicadores han siempre enfocado la necesidad de conversión y no el amor incondicional y tierno del Padre.

Presentan también el temor que esta imagen de un Dios-todoamoroso alentaría a los delincuentes para que sigan haciendo fechorías porque de todas maneras no les pasaría nada.

Es que no se entendió que las malas acciones tienen sus consecuencias funestas de todos modos, como efecto natural; eso si, no por castigo de Dios.

El problema es hacer entender a los malhechores (allí estamos también nosotros) que las malas acciones llevan al infierno de todos modos; eso si, no porque Dios manda si no, por voluntad propia.

Si no se entiende esto no hay conversión, ni si se amenaza con un Dios castigador. Más bien, hablándoles de un Dios-todo-amor a los malhechores, se les da la posibilidad de volver a Dios porque no le sienten miedo; como le pasó al hijo pródigo de la parábola, el cual volvió porque sabía que su padre era bueno.

Además, que “Dios es todo amor” es la verdad, y la verdad hace libres para amar a Dios y al prójimo y a si mismo (Jn. 4,16-18) Por nuestra parte, hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en un Dios es amor. El que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. Cuando el amor alcance en nosotros su perfección, miraremos con confianza al día del juicio. Él es amor no temor.

El amor perfecto echa fuera el temor, pues hay temor donde hay castigo. Quien teme no conoce el amor perfecto,

Además de nunca más decir Dios te castiga hay que aprender a decir en lugar de todopoderoso un Dios, Todoamoroso