Folleto 4
(EL ESPÍRITU SANTO SIGUE HACIENDO NUEVAS LAS COSAS)
Descargar Folleto 4 en Formato PDF
Ilustración: Fray Roberto Carlos Gutiérrez Montoya, ofm
La espiritualidad es la coincidencia concreta y constante del espíritu humano con el Espíritu Santo. Todo hombre y toda mujer pueden establecer esta coincidencia con su libertad, abriéndose al Espíritu. El ser humano quiere responderle a Dios que invita a “cenar con Él”.
Para nosotros los cristianos, la espiritualidad es una persona, la persona de Cristo, cuyas actitudes queremos adquirir y a cuya estatura queremos crecer. La espiritualidad es experiencia mística de Dios, camino ascético y servicio apostólico, las tres cosas.
Toda época y cultura tienen su espiritualidad, es decir: su manera peculiar de responderle al Espíritu Santo y de seguir a la persona de Cristo. Estamos entrando a una nueva época y una nueva cultura; la época pos-moderna y la cultura tecnológica-digital. Se impone forjar una nueva espiritualidad.
Sin embargo, en este proceso no estamos desprovistos de todo, esta espiritualidad nueva tiene ya algunas luces, como las siguientes:
- La santidad se da en una síntesis de virtudes sociales y moral personal; “Santidad que exige el cultivo tanto de las virtudes sociales como de la moral personal” (Puebla, 252).
- El magisterio señala que, hoy, la defensa de la justicia social y de los derechos humanos hacen parte integral de la evangelización y, por tanto, de la espiritualidad.
- Una luz especial para la espiritualidad viene de la lectura de los “signos de los tiempos”; acontecimientos “imprevistos” y “repentinos” que revelan la presencia del reinado de Dios avanzando.
- El mismo Magisterio nos anima a actuar según una espiritualidad de amor y no de temor; así como a purificar la imagen que tenemos de Dios, en favor de un Dios que es sólo amor; “su nombre es Misericordia” (Papa Francisco).
- Espiritualidad liberadora y comunitaria.
- Incluso, se nos invita a una sana desacralización, no atribuyendo a Dios lo que corresponde a los seres humanos, por ejemplo: las desgracias, consideradas como castigo de Dios, siendo en realidad, consecuencias naturales, lógicas y directas de las decisiones equivocadas de los seres humanos (cfr. Catequesis de San J.P.II, 28. 7. 1999).
Ciertamente, hay otros rasgos positivos con que la espiritualidad cristiana entra a la nueva época histórica. Existe también el otro lado de la medalla: las grandes dificultades que nos hacen difícil seguir a Cristo y coincidir con el Espíritu Santo, hoy. Hago alusión a algunas: el peso esclavizador del dinero se ha hecho insoportable; y los métodos para acrecentarlo tienen olor a azufre; la privatización, la globalización, la desregulación del mercado, los monopolios están rastreando del bolsillo de los pobres hasta los últimos centavos. Los príncipes del dinero han logrado tomar las riendas de la economía mundial; de la tecnología, de la ideología y de la política, del deporte y, a través del consumismo, también del mundo de los valores, reemplazando con falsos valores los auténticos. La consecuencia es la muerte de los pobres y el desaliento de quienes quieren solidarizarse con ellos.
Pero, mucho más grave para nosotros es que la misma gente de Iglesia sea presa de esta rapiña de valores morales y espirituales; que los(as) mismos(as) consagrados(as) estén quedando vacíos de espiritualidad, de significado y visibilidad para una humanidad que necesita de profecía con urgencia. Entonces, todos somos presa del cansancio y del desaliento, como los Apóstoles después de haber bregado toda la noche sin haber pescado nada; como los discípulos de Emaús, frustrados de tanta esperanza puesta en Jesús de Nazareth.
Con todo, nuestra fe y esperanza teológicas no deben vacilar; después de dos mil años de experiencia humana y cristiana, debemos de haber aprendido a juzgar la realidad, no en clave de patética moral sino de estimativa moral. La primera consiste en hacer caso a la sensación que todo se viene abajo, el mundo de los valores se desmorona (“laudator temporis acti”) por el hecho de que vemos debilitarse algunos valores sobresalientes de nuestra época. La estimativa moral, en cambio, considera que esencialmente no se está dando tal desmoronamiento de valores sino un reacomodamiento de valores. De esa cuenta, hay que reconocer que esta nueva época histórica que llamamos pos-moderna posee valores nuevos que, junto a los pasados, serán las nuevas ruedas sobre las cuales seguirá avanzando la historia y, en ella, el Reinado de Dios. He aquí algunos valores nuevos: los premios Nobel de la paz, la solidaridad internacional, el Tribunal Penal Internacional, el retroceso de la pena de muerte, la resistencia de los pobres y, no último en importancia, una mayor presencia y valoración de la mujer. Juzgando en clave de estimativa moral, lo que está ocurriendo ante nuestros ojos, no es el desmoronamiento de los valores fundamentales, ni, mucho menos, del evangelio; lo que está ocurriendo es un nuevo paso de la humanidad: una época cultural e histórica que se agota (creando un clima de caos), dejando paso a una nueva época que de la precedente recoge las semillas mejores, las que llevarán a producir nuevos y más abundantes frutos de vida. La Historia y el evangelio crecen en espiral. Es el proceso del grano de trigo que muriendo produce una espiga; más directamente: es el proceso de la levadura evangélica que, a través de la Iglesia y el soplo del Espíritu Santo, acabará con fermentar la cultura de la nueva época. No cabe, pues, creer que esta nueva época con sus nuevos paradigmas es mala y que el evangelio ha perdido la batalla. La fuerza del evangelio permanece intacta y espera que colaboremos con ella para penetrar en la nueva masa y hacer avanzar el reinado de Dios.
Es cuando entendemos mejor que la espiritualidad es la verdadera cuestión de nuestros tiempos (Carl Rhaner). Los autores del Nuevo Diccionario Bíblico de Espiritualidad, introducen su trabajo con las siguientes palabras: “El hombre actual no se resigna a una vida cerrada en el tiempo, sin horizontes y sin esperanza. Se siente empujado a optar por la espiritualidad, ya que le amenaza un dilema: o espiritualidad como actitud orientadora, decisiva y unificadora, o vida mediocre, reducida a una cadena superficial de acciones desprovistas de significado definitivo. O espiritualidad, cual religiosa escucha del Espíritu que habita en el hombre, o confinamiento en el universo material y en el torbellino de la tecnología sin alma de una sociedad consumista. O espiritualidad como encuentro vivo con Cristo, fuente de libertad, comunión y vida terrenal y eterna, o condena al absurdo y a la desesperación”.
Ahora bien, para orientarnos hacia la espiritualidad ¿Qué tenemos que hacer? ¿Cuáles valores ayudamos a pasar a la nueva época y cuáles hay que dejar caer como obsoletos? Esta es cuestión más compleja; en este folleto, nos limitamos a señalar nuevos destellos de espiritualidad, conscientes que el cambio es causado por el conocimiento progresivo de Dios, y al mismo tiempo lo favorece, acelerando el paso de la Historia de la salvación.
CAMBIO DE EPOCAS
Tiempo eje de las épocas religiosas: cuando nacieron las grandes religiones: 800–200 a. C.
1ª Época. Desde 800 a. C. hasta 200 a. C.——– De la conciencia mítica (que rodeaba lo religioso de una aureola mágica, de ficción alegórica) se pasa a la conciencia reflexiva. De la conciencia arcaica, cósmica, a otra en la que va adquiriendo gradualmente preponderancia la condición reflexiva, abstractiva, objetivadora (ciertos elementos de este paso han predominado hasta la actualidad). El paso de una conciencia grupal, a otra en la que emerge la identidad personal individual. El nacimiento de las grandes religiones que buscan una salvación personal: Confucio en China; Buda en India; Zaratustra en Persia; los grandes profetas en Israel; los presocráticos, Sócrates y Platón, los poetas en la Grecia clásica.
2ª Época. Desde 200 a. C. hasta 1600 d. C.——– De la conciencia reflexiva se pasa a la conciencia científica.
3ª Época. Desde 1600 d. C. hasta 2000 d. C.——– De la conciencia científica se pasa a la conciencia secularizada, desmitificada, globalizada.
4ª Época. A partir del 2000 d. C.: De la conciencia secularizada, desmitificada, globalizada se camina hacia una nueva conciencia (¿hacia una nueva y más profunda comprensión de Dios?).
¿Cuáles son las reacciones dentro de la Iglesia ante este último cambio (conciencia secularizada)? Los hechos desmitificadores y la secularización desestabilizan el sistema perfectamente organizado en el que una religión establecida consiste. Eso es difícil de asumir. Entonces, se comprenden ciertas reacciones. Cuatro son las reacciones principales:
- El atrincheramiento cognitivo (fundamentalismo): se hace cuadrado en torno a los principios, la búsqueda obsesiva de la propia identidad, y otras actitudes consecuentes, entre las cuales está el proselitismo agresivo.
- La rendición cognitiva: renuncia a los principios: relativismo, moda. En lógica con la rendición cognitiva, han inscrito sus programas movimientos mal llamados “progresistas” que, a fuerza de buscar relevancia social, han sacrificado a ella su identidad.
- El pasivismo: es la reacción más negativa. Son cosas que no interesan. No me molesten; ¡Cualquier cosa!
- La reacción positivamente dialogante, que es la evangélicamente debida y rica de perspectivas positivas.
Esta última reacción, positiva, conlleva:
- La búsqueda de sentido religioso unitario. Ante la fragmentación de los varios sentidos parciales presentados por los medios de comunicación, el sentido unitario ES LA PERSONA DE CRISTO. Da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia de la vida. Un sentido que neutralice la ansiedad destructiva de la desesperación por ver un mundo opaco e incomprensible. Dice el Documento de Aparecida, 41: “En Cristo Palabra, sabiduría de Dios (cfr. 1Cor. 1, 30), la cultura encuentra su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio, y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada”. Cristo, con su presencia y manifestación, con su Palabra y obras, signos y milagros, sobre todo, con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la Verdad, lleva a plenitud toda la Revelación, y la confirma con testimonio humano-divino, a saber: que Dios está con nosotros para liberarnos de la tiniebla del pecado y la muerte, y para hacernos resucitar a una vida eterna (cfr. Dei Verbum, 4. Vat. II).
- La re-fundamentación en lo esencial, lo innegociable: Cristo, hombre y Dios, camino-verdad y vida, imagen visible de Dios invisible, plenitud de la Revelación de Dios a la humanidad, testimonio humilde y auténtico; universalidad de la salvación, sin exclusión, La Iglesia, garantía de estabilidad en la Verdad y en el amor.
- Un nuevo paradigma teológico (marco unitario permanente de pensamiento); una nueva teología (=nueva interpretación del dogma; (¿teología escotista?). (Cfr. Vat. II, G S).
- Una nueva espiritualidad: inclusiva, testimonial, dialogante, con valoración de la religión “atea” (parábola del buen samaritano); “res sacra homo” (=el ser humano es sagrado).
Nota: el contenido para este esquema ha sido tomado del librito “Metamorfosis de lo sagrado y futuro del cristianismo”, de Juan Martín Velasco. De: Cuadernos “Aquí y ahora”, Editorial Sal Terrae, 1998.
Siguen los temas en los cuales se percibe el soplo del Espíritu, para una renovación teológico- moral.

DIOS ES AMOR
Es el cambio más grande y más gozoso que la humanidad ha visto en esta nueva época. Hace apenas unos decenios, pesaba sobre nuestro corazón la imagen de un dios castigador, arbitrario, antojadizo. La humanidad ya percibe más profundamente la realidad de Dios, algo nuevo ha entrado en su corazón, y, siendo algo bueno, no puede venir sino de Dios. Ya algunas voces de la alta Jerarquía católica se han hecho portavoz de este importante cambio. En1999, año del Padre, en vista del año jubilar 2000, el CELAM (Consejo episcopal latino americano) envió un mensaje a los cristianos de sus pueblos. En el párrafo más significativo se lee lo siguiente: “Este año debe servir para espantar del alma humana esas caricaturas de Dios que tanto daño nos han hecho y siguen haciendo… la imagen de un dios castigador, justiciero, arbitrario, antojadizo…”. El mismo año, desde Roma, el Papa Juan Pablo II, hacía eco al CELAM diciendo que el infierno no lo hizo Dios, ni es Dios quien manda al infierno (cfr. Audiencia General del 28.07.1999). Eso significa que Dios tampoco hizo el “infierno” de las enfermedades o de la muerte (cfr. San J.P. II, Mensaje para la Jornada por la Paz del 01.01.2005). Dice el Apóstol Juan que Dios es amor (cfr. 1Jn. 4, 16-18). Él no es alguien que tiene amor sino alguien cuya naturaleza es amor, y no es otra cosa. Todo lo que hace sufrir y morir no viene de Él; solo lo bueno viene de Él, directa o indirectamente. Es amor de padre y madre, que no excluye a ninguno de sus hijos. Él ha enviado a su Hijo para que tengamos vida en abundancia (Jn. 10, 10); y quiere que todos se salven (1Tim. 2, 4); De paso hay que notar que, después del Concilio Vat. II, Pablo VI ha permitido que en la consagración del cáliz se sustituya el “muchos” por el “todos”; lo que parece una traducción más apropiada literaria y teológicamente: pues, en la voluntad de Jesús nadie estaba excluido. El amor incluye a todos y siempre; lo que sólo podría excluir sería el rechazo libre de la Verdad y del amor, por el libre albedrío; se puede dar la auto-exclusión de parte del ser humano, nunca la exclusión de parte de Dios. A este punto, la pregunta que muchos teólogos se hacen es: ¿Existirá alguien que quiera auto-excluirse? ¿No encontrará Dios, con su infinita ternura y sabiduría, una forma de seducir aun al más reacio? ¡No se puede no pensar en cómo el ladrón y asesino, crucificado junto a Jesús, superó su auto-exclusión de toda la vida! ¡Dios es grande y “su brazo no está amarrado” a ninguna forma que nosotros podamos controlar, ni siquiera está amarrado a los sacramentos o a la Iglesia visible. Su gracia y su amor van más allá de lo visible. Tú Señor, tomaste la iniciativa de crearnos y ponernos en el camino del cielo donde llegaremos a ser plenamente “partícipes de tu divina naturaleza”; nos ponemos en tus manos amorosas. ¿Cómo hemos podido concebirte tan mezquino, tan semejante a un ser humano, que se pone furioso si no se le hace caso, que se venga y descarga todo su poder sembrando llanto, gritos y muerte? “Tu omnipotencia es del todo diferente de nuestro concepto que tenemos de ella: tu omnipotencia se expresa sólo en el amor” (cfr. Audiencia general, 30.01.2013). ¡Gracias Señor, por ser muy diferente de cómo te imaginábamos! Tu Hijo Jesús hizo de todo para que comprendiéramos cómo realmente eres, contándonos la parábola del hijo pródigo, (que en realidad debería llamarse “del padre amoroso”), pero no la hemos comprendido a cabalidad.
Entendemos, Señor, que ¡la nobleza obliga! Si tú eres así de bueno, de misericordioso, nosotros tus hijos debemos reflejarte así ante todos nuestros hermanos y hermanas del mundo; con nuestro comportamiento, razonamiento y testimonio. Contribuiremos, Señor, a que tanta gente que se había alejado de ti por temor, regrese a tu casa paterna, arreglada a fiesta. También, queremos hacernos un corazón limpio y generoso para perdonar y bendecir a quien nos maldiga, y para perdonar setenta veces siete. Queremos dejar de mostrar una cara amargada y sin sonrisa, para que las personas que nos encuentren se sientan atraídas por el “perfume” de nuestra serenidad y acogida cordial, inspiradas por ti.

LA MISERICORDIA DIVINA
El año 2016, es el año de la Misericordia, año jubilar; recibimos luces extraordinarias.
La misericordia, en la Sagrada Escritura, es una potencia especial del amor que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo elegido. Es como el humus divino donde florece el perdón y la reconciliación de Dios con sus criaturas, la restauración de la alianza, la remisión de la culpa y de toda pena, nueva gracia y nueva vitalidad humana y divina.
Hay que distinguir entre justicia humana y justicia divina.
La primera es un acto de amor, pero tiende a ser simétrica, estrecha, igualitaria entre la ofensa y reparación (éste fue el punto de partida desafortunado del CUR DEUS HOMO de San Anselmo); a menudo incluso, en las personas menos cultivadas, se la confunde con la venganza.
La justicia divina, en cambio, es MISERICORDIA (en latín: miseri-cor-dare = dar el corazón al miserable, al vencido), la cual conlleva: comprensión, ternura y perdón hacia el débil ser humano; La misericordia es el amor infinito, incondicional, invencible y gratuito de Dios.
“El nombre de Dios es misericordia; la justicia de Dios es misericordia” (Papa Francisco).
En el A.T., la misericordia de Yavé es descrita con dos palabras: rahamim (= amor de entrañas, de madre) y hesed (=fidelidad a sí mismo, amor de padre). (cfr. Sal. 91;Is.49, 15; Jer. 31,3; Is. 54,10).
En la parábola del padre amoroso, el hijo menor regresa pensando en la justicia humana (simétrica, igualitaria, tanto cuanto…), en cambio, el padre actúa con la justicia divina, o sea: con misericordia: compasión, ternura y gratuidad (como una madre).
Así actúa Dios con nosotros: perdona nuestras “deudas”- pecados, gratis. Cristo, imagen visible del Dios invisible, perdona a sus asesinos y se lleva al paraíso, el mismo día, al ladrón y asesino, que acaba de mostrar apenas un pequeño signo de honestidad. (Cfr. La encíclica de J.P.II “Dives in misericordia”). La salvación es producida por la misericordia no por la justicia al estilo humano. Nuestras obras buenas son signo de la gracia no causa, consecuencia no fuente. Jesús no ha pagado por nosotros, el Padre nos ha perdonado gratis (cfr. Mt. 20, 6 – 16).
Para nosotros, es imposible llegar a tu grado de amor, Señor, sólo te pedimos que nos podamos acercar lo más posible. ¡Danos un corazón tierno y compasivo y misericordioso! Que aprendamos a nunca ser duros con los hermanos (as), no importa el grado de sus ofensas o ingratitudes o maldades: ¡sentir eso incluso hacia los mareros, los yihadistas!

EL PERDÓN DE ASÍS, O INDULGENCIA PLENARIA PARA LOS POBRES
En este año, 2016, el Perdón de Asís cumple 800 años. En 1200, la indulgencia plenaria se podía obtener solamente viajando a Tierra Santa, a Roma, a Santiago de Compostela. San Francisco de Asís quiso obtener los mismos privilegios de los santuarios famosos, para la humilde capilla de Santa María de los Ángeles; en favor de los pobres, que no podían hacer largos y costosos viajes. Conociendo su personalidad, podemos imaginar que Francisco pensara mucho en cómo llegar a eso. La ocasión llegó un día del año 1216. Una tradición bien fundada cuenta que Francisco estaba orando a pocos metros de la capilla de la Porciúncula, llamada santa María de los Ángeles; a raíz de un combate victorioso contra una fuerte tentación, fue llevado por dos ángeles a la capilla. Allí, Jesús y la Virgen le preguntaron qué quería como premio por tanta fidelidad a la voluntad de Dios. Francisco, de inmediato y sin titubear, pidió la indulgencia plenaria para todos aquellos que entraran a la capilla arrepentidos de sus pecados. El Señor la concedió, dejando que el papa diera su confirma, para que nadie creyera que era invención personal de Francisco. Llama la atención el grado de despojo alcanzado por el Pobrecillo de Asís: nada para sí, todo para los pobres.
El que entra a la capilla de la Porciúncula cumpliendo con las debidas condiciones, en humildad y pobreza, recibe la indulgencia plenaria, que es el completo perdón de la culpa y de la pena. Significa que el que entra a orar a la capilla de la Porciúncula, es perdonado de la culpa y de la pena producida por los pecados cometidos desde ese momento hacia toda la vida pasada; también, se puede obtener la purificación completa para los difuntos. El sacramento de la Confesión perdona la culpa y la pena eterna, con la indulgencia plenaria se perdona también la pena temporal. La culpa es el acto de voluntad que admite el pecado; la pena es la consecuencia contaminante de aquél acto.
Para el que quiera recibir este perdón muy especial, supone tener fe en el poder que tiene la Iglesia, el de administrar según una sabia pedagogía el tesoro de amor mediador de Jesucristo, al cual se asocia el plus de amor que produjeron María santísima y los Santos. Supone creer en la verdad de la Comunión de los Santos. Supone haber conocido, en teoría y en práctica, el perdón de Dios, y haber perdonado de corazón a sus ofensores. Supone reconocer sus culpas, y la pena que éstas causan. Significa tener una mente lúcida, una voluntad decidida y un corazón abierto para emprender un proceso de penitencia, como peregrinaje interior, con gestos también exteriores. Supone admitir que todo pecado tiene una secuela de daños y corrupción (la pena), los cuales hay que purgar para re-ordenar el ser, constantemente. Esto es antropológico: a la comisión de una culpa, todo el ser en sus componentes espirituales, psicológicas e incluso corporales, se contamina de una especie de infección; supone, pues, hacerse un fuerte programa de penitencia. Penitencia que duele. No se trata de masoquismo o de venganza contra el cuerpo, mucho menos se trata de una especie de pago a Dios por el pecado; se trata de una actitud práctica para desintoxicarse, descontaminarse; es decir: para que todo el ser llegue a re-ordenarse. Este programa conlleva fuertes sacrificios, también como ejercicios de áskesis (= entrenamiento, ejercicios ascéticos), para enderezar inclinaciones torcidas y para fortalecer todo el ser con el fin de estar preparados para tomar la decisión correcta al momento de la tentación. Pensemos en los santos, pensemos en San Francisco. Al leer los evangelios, tenemos la impresión que Jesucristo no se preocupaba de la penitencia para sí; es que él estaba siempre ordenado en su ser; recordemos que para nosotros dijo que si un miembro del cuerpo nos lleva al mal hay que deshacerse de él (cfr. Mt. 9, 47). Para nosotros, hacer un fuerte programa de penitencia constituye un gran reto y una necesidad. Es nuestro purgatorio. San Juan Pablo II dijo que el Purgatorio no es una prolongación de esta vida en la otra, sino un estado de purificación al cual todos estamos llamados, porque delante de Dios sólo podemos comparecer limpios. Y esto se entiende, con lógica filosófica y teológica. En este tiempo, habiendo aumentado los medios “contaminantes”, el programa se hace cada día más urgente. En definitiva, hemos sido creados para aprender a amar; este es el fin, y todos los medios deben llevarnos a eso; y en la medida que van por otro camino, nuestro ser se desordena y produce decisiones extraviadas, pecaminosas, dañinas. El programa ascético debe ser personalizado, pero debe de haber. Si la indulgencia plenaria no produce este dinamismo, se vuelve, como puede suceder con el sacramento de la confesión, un canasto – basurero (para poder volver a llenar de pecados), que en realidad es un auto engaño.
Entre más se profundiza sobre el tema, más nos percatamos de la seriedad y utilidad de la indulgencia plenaria, y del sentir profundo de Francisco al pedir este privilegio.
Al conceder la indulgencia plenaria, la Iglesia aplica una sabia pedagogía de conversión. De eso se trata: de conversión permanente. Es correcto y es bueno asociar el concepto al nombre con el cual Francisco llamó a sus frailes, “los frailes de la penitencia”. La primera tarea de nuestra vida es amar y quedar siempre fieles en el amor, pero la segunda tarea es la lucha contra todo egoísmo que impide amar y quedar fieles en el amor, y el egoísmo está instalado por doquier: dentro y fuera de uno. Voy a tomar en serio Señor esto de hacerme un programa de penitencia, en todas sus especificaciones. Necesito purificarme porque ¡no puedo comparecer delante de Ti sucio, por tantos pecados que me han contaminado a lo largo de mi vida!

CAUSA PRIMERA Y CAUSA SECUNDA
Si Dios es amor, ¿Por qué tanto dolor, tantos inocentes sufren?; y ¿por qué la Biblia, a menudo, dice que es Dios quien manda esos sufrimientos? Dios siempre ha sido bueno, y únicamente fuente de vida (cfr. Sab. 1, 12-14). Ahora bien, hay dos razones principales por qué el autor humano de la Biblia se expresa de cierta manera chocante. La primera es que está enseñando a un pueblo “niño”, “duro de corazón”, que no entiende tantas finezas filosóficas y teológicas, no distingue; y, al mismo tiempo, debe aprender a obedecer. La otra razón es que el pueblo hebreo no tenía el concepto de “causa segunda”. Creía que todo venía de la “causa primera”, que es Dios. La causa segunda es el ser humano; los hebreos creían que el ser humano no podía hacer cosas contrarias a la voluntad de Dios; y así concluía que todo venía de Él; “Él sabe por qué” decían, cuando la realidad era evidentemente injusta. Hoy estamos claros que todo lo que hace sufrir y morir no viene de Dios; y podemos comprender que de Dios no puede venir nada malo, ni las enfermedades de los niños ni la muerte dramática de los adultos. Todo lo que hace sufrir y morir viene de la “causa segunda”; ¡hay tan solo que investigar! Esto de atribuir el mal a Dios es la peor forma de evadir la responsabilidad humana, por ignorancia, por pereza o por conveniencia egoísta.
Perdóname, Señor, por tener a menudo un lenguaje que confunde, especialmente ante situaciones dramáticas. No diré más palabras como estas: “Señora, si se le murió su niño, resígnese, porque hay que hacer la voluntad de Dios”. La señora tal vez baja la cabeza, pero el hijo adolecente, al oír que Dios le ha quitado arbitrariamente a su hermanito, no puede no concebir rencor contra Dios en su corazón, aun inconscientemente. Quiero hacer luz en mí y en los demás, haciendo resplandecer la luz de tu rostro de padre y madre, que más bien ¡”llora” junto a la mamá del niño! Tampoco usaré el eufemismo “Dios permite el sufrimiento”, porque Dios ni quiere ni permite lo malo, sólo lo tolera, porque respeta la libertad humana.

“HAGASE PADRE TU VOLUNTAD”
Tu voluntad es siempre voluntad de amor. Eso también queremos ser, Señor: amar y quedar fieles en el amor, hasta las últimas consecuencias. Esto nos enseñó Jesús en el Getsemaní; el compromiso que había tomado en el bautismo no lo iba a dejar ahora ante el cuadro dramático de la tortura y de la muerte. El amor es más fuerte que la muerte, pues el amor viene de Ti y la muerte viene de nosotros. Ante las ofensas y las agresiones y la muerte que quieran infligirnos, diremos desde lo más profundo “Hágase, Padre, tu santa voluntad”, sabiendo que el objeto de tu voluntad no es nuestra muerte sino nuestra fidelidad en el amor. Este propósito lo confirmamos todas las veces que recitamos el Padre nuestro. Haremos lo mismo ante las enfermedades que nos vengan y cualquier adversidad. Finalmente, somos conscientes que todo lo que hace sufrir y morir no viene de Ti, viene del mal uso de nuestra libertad. ¡Cuántas veces, en el pasado, nos hemos confundido, achacando a tu voluntad todo sufrimiento y la muerte, incluso de los inocentes! Perdónanos, Señor, hemos pecado, por ignorancia y por pereza; investigar se nos hace difícil a menudo, entonces es cuando evadimos diciendo cualquier cosa. Y con eso, como dicen los obispos latino-americanos en1999, hemos cultivado una caricatura de Ti; la caricatura de un dios que castiga, que manda desgracias, que se venga, un dios arbitrario y antojadizo, que hoy hace nacer y mañana hace morir (ver: Mensaje del CELAM, 1999). Perdóname, Señor, porque yo también lo he hecho y he contribuido a que la gente sencilla y los niños así lo creyeran”.

LA CRUZ DE JESÚS Y NUESTROS SUFRIMIENTOS
Me convence la hipótesis teológica (admitida como posible por la Iglesia, al beatificar a su autor) según la cual la cruz no fue un sacrificio expiatorio (para pagar a Dios por nuestros pecados) sino una expresión de amor supremo para invitarnos a amarle a Él, a nuestra vez. El sufrimiento en la cruz no fue exigido por Dios, sino planeado por las autoridades judías y la autoridad romana (cfr. Hech. 4, 10). Nos ha salvado el amor inmenso de Jesús, al quedar fiel en el amor hasta el final. La cruz fue un simple instrumento con que los romanos torturaban a sus enemigos. Hay que enfatizar esto para que la cruz no se convierta en un “mito” y tome, debilitándolo, el lugar del amor puro de Jesús. Otra razón: nuestros sufrimientos no son queridos por Dios; son la consecuencia del mal uso de la libertad humana: nuestra, de nuestros familiares, nuestros antepasados o… ¡del cambio climático! Para decir algo que todos sabemos que viene de la responsabilidad humana (cfr. J. P. II, 01.01.2005).
¿Cómo afrontar los sufrimientos? Como los afrontó Jesús: con autocontrol, sin empeorar las cosas, con paciencia, humildad y dignidad; con caridad hacia los que nos cuidan en la enfermedad, y, finalmente, poniéndonos en las manos de Dios, que son manos siempre amorosas; y Él hará lo que mejor nos convenga. Es importante también hacer todo lo que está de nuestra parte, acudiendo al médico e, incluso, investigar para encontrar al responsable, para el proceso de perdón y reconciliación y un eventual proceso de justicia. Nunca más, Señor, tendrás que ser usado como instrumento de evasión, por los pícaros y los cobardes. Eso no puede agradarte, porque las consecuencias negativas recaen especialmente sobre los más débiles y pobres de tus hijos.

EL PECADO
(PECADO=Desorden, poner las cosas “patas-arriba”)
Es el que causó la muerte de Adán y Eva, de Caín, de Jesús y nos hace morir a nosotros. Es un desorden causado por nosotros. Dios ha creado todo en orden: los bienes de arriba y los bienes de abajo; éstos en función de aquellos; y todos para bien nuestro. Pero, Adán y Eva iniciaron el gran desorden, pretendiendo constituirse en principio de moralidad, ellos en lugar de Dios. Una gran mentira, un gran disparate, un gran trastorno, el desorden – madre. Su hijo Caín mató a Abel su hermano. Desde entonces siguió una cadena ininterrumpida de desórdenes; cada generación añadió los suyos, hasta el día de hoy. Cuando hay desorden, las cosas no funcionan y se estropean, se marchitan y se mueren. Por este desorden entró la muerte en la creación (cfr. Rom. 5, 12). Dios lo había hecho todo bueno, lleno de vida y de alegría. Por el pecado entró el sufrimiento y la muerte en el mundo, no como castigo de Dios, sino como consecuencia lógica de una postura ilógica. La causa del sufrir y del morir es el pecado, el desorden, no la voluntad de Dios; Él “llora” con nosotros cuando sufrimos: por culpa nuestra, de nuestros familiares, de nuestros antepasados, de las autoridades … del cambio climático. Los antiguos hebreos interpretaban de un modo primitivo lo que acontecía en la historia y atribuían a Dios las desgracias del pueblo, como castigo o como prueba, incluso, como providencia. Nosotros ahora interpretamos al pie de la letra lo que ellos mal interpretaron. Se equivocaban ellos, por ignorancia no culpable y nos equivocamos nosotros, por ignorancia culpable; y entre más quedemos en esta ignorancia ¡más culpables nos volvemos! Porque lo hacemos por pereza y por evasión. Santiago, en el primer capítulo de su carta, no podía describir mejor el trayecto del sufrimiento y de la muerte, causados por nuestros desordenes (pecados); y describe magistralmente también la dinámica: nace un deseo torcido, le doy alas, crece, seduce la voluntad para que diga sí. Si se detiene aquí, el mal fatal puede ser todavía evitado, pero, si continúa su trayectoria, produce la muerte. La muerte en uno, en la familia, en la sociedad; muerte física, daños psicológicos graves y muerte espiritual (cfr. St. 1, 4-12). Todo lo que hace sufrir y morir viene del mal uso de la libertad humana, no por castigo o prueba de Dios. Para identificar mejor el pecado, hay que poner en la balanza los bienes de arriba y los bienes de abajo. Estos tienen que estar en función de los de arriba. Cuando yo uso un bien de abajo a costa de un bien de arriba, eso es pecado porque es desorden. Si a las 8 de la mañana del domingo hay un partido de futbol y al mismo tiempo hay Misa, entonces, si siempre prefiero ir al partido dejando de ir a Misa, eso es desordenar, porque prefiero un bien de abajo a costa de un bien de arriba. El futbol es bueno, el problema es que yo lo prefiero prácticamente a un bien de arriba, que es la Misa. El pecado está en aquel “a costa”. Todos los bienes son buenos. Si el futbol y la Misa se dieran en horas distintas, no habría problema: primero voy a uno y después al otro. El problema está en aquél “a costa de”.
Señor, estoy clarísimo ahora de dónde vienen los sufrimientos y los daños que con mis pecados-desórdenes produzco. Te pido perdón a Ti, creador de todos los bienes, por haberlos usados mal, con egoísmo, con soberbia, por concupiscencia, por codicia: ofendiendo a Ti, dañando a mí mismo y haciendo sufrir a los demás. He encontrado la verdadera causa de los males, míos y de todo el mundo. Gracias. Ahora sé el tipo de combate que he de combatir y cómo; controlaré mis deseos y seré decidido en poner a raya aquellos que van mal orientados, según las enseñanzas de Jesús; Él es el camino, la verdad, la vida y la luz del discernimiento entre deseos de signo distinto. Además, investigaré, discerniré la verdadera causa, sea para no repetir yo el error como para hacer oportunamente la corrección fraterna.

PENITENCIA
(Auto corrección, entrenamiento, producción de amor)
¿Por qué hacer penitencia si el perdón es gratuito? En realidad, hay que hacerla por varios motivos. La palabra “penitencia” es la traducción de la palabra griega “metanoia”, que significa “cambio de mente”. Ahora bien, siempre necesitamos cambiar nuestra mente, que ha aprendido a inclinarse al desorden. Otro gran motivo es que siempre que pecamos, nuestro ser se desordena, se contamina, sus procesos psicológicos se inclinan a repetir más fácilmente el pecado, el mismo desorden, con la mente y también el cuerpo. Continuamente necesitamos purificar, sanar la infección. Y este proceso de reordenamiento se da actuando “contrario modo” a las inclinaciones desordenadas. Se hace un examen particular sobre un dado desorden, al terminar el día, se ubica el mal y las causas, si es por escrito, es mejor; hacer esto por tres o cuatro meses.
De tal cuenta, los ayunos de varias formas, los sacrificios de varia índole hechos por fidelidad al deber, al amor, y las renuncias aun “artificiales“ tienen sentido. Solo un tipo de sacrificio y renuncia no tiene sentido, el de sufrir para para pagar a Dios por nuestras ofensas; la que prácticamente es la interpretación más común que se les da a los actos de penitencia y a los sacrificios. El perdón de Dios es gratuito, no necesita ser pagado.
Por otra parte, la ascética sí tiene sentido. Ascesis, de ásquesis = entrenamiento, será siempre necesaria para educar nuestras reacciones hacia un fin correcto. Como hace el atleta: todas las mañanas corre muchos kilómetros para que al final del mes, cuando será la competencia, esté en capacidad de hacer el esfuerzo adecuado para vencer. Hay que entrenarse para conseguir reflejos condicionados apropiados. Y si el atleta lo hace por una corona que se marchita, ¿cómo no hacerlo para conseguir la corona eterna? (cfr. 1Cor. 9, 25). Hay un motivo más para que hagamos penitencia con sacrificios “artificiales”: es el gesto simbólico de amor. Una madre que emprende un largo viaje a pié, hacia un santuario, para obtener la curación o conversión de un hijo enfermo o extraviado. Esta madre, a su manera, quiere expresar, para sí misma, para los demás y para Dios, que la salud de su hijo vale más para ella que el sacrificio de su cansancio; es una motivación de amor profundo y puro. Dígase lo mismo de los ayunos, de los largos rezos de rodillas, y otras cosas. Todo es producción de amor, ¡todo, por tanto, está lleno de sentido! Estos sacrificios no valen por el sufrimiento sino por ser signos y producción de amor.
Señor, cuando sea necesario, estoy decidido a sufrir, sea para cumplir con el deber como para ayudar a los hermanos y hermanas que se encuentren en dificultad. Pero también, estoy animado a hacer sacrificios para convertirme en un instrumento de bien, educando mi voluntad e incluso mi sentimiento, para que en todo momento yo sea un hacedor de bien, y por tanto, de tu santa voluntad. ¡Que no sea una persona dejada, perezosa, acomodada, superficial y árida de amor!”.

PERDÓN Y RECONCILIACIÓN
Son dos conceptos distintos aunque cercanos. El perdón no se discute, la reconciliación sí. El primero no tiene condiciones, el cristiano lo debe de tener incorporado en su psicología, en su voluntad, su ser debe estar en un estado de conceder el perdón todo el tiempo, “setenta veces siete”; en cambio, la reconciliación, entendida como una recuperación de una relación amigable anterior, depende de varias condiciones: reconocer la propia culpa, pedir perdón (públicamente, si la ofensa ha sido pública), reparar los daños y hacer un firme propósito de enmienda. Y todavía, el regreso al estado anterior será decidido por el ofendido; el ofensor no tiene derecho a que se responda a su gusto. Todo lo anterior, no por venganza o soberbia, sino para restablecer el orden de la creación. De parte del ofendido sólo debe quedar garantizado el perdón, todo el tiempo y sin condiciones.
La palabra perdón viene de su-per don, un don súper, extraordinario, increíble; que puede llegar incluso a ¡hacer el bien a quien me hizo el mal! De parte de Dios está garantizado por toda la eternidad, y gratis (cfr. Parábola del hijo pródigo). De parte mía debo hacer mucho, aunque no tenga la capacidad de amar que tiene Dios. Nunca devolver el mal y debo poder orar al Señor que perdone a mi ofensor y que se convierta y viva (cfr. Ez. 33, 11). Cuando mi voluntad está firme en estos propósitos, estoy perdonando, aunque mi sentimiento queda dolido y siento rechazo hacia aquella persona, a tal punto que no quisiera encontrarla más (cuando la ofensa es seria). Si la ofensa es grave y cae bajo el derecho público, tengo el deber incluso de denunciar, aunque se trate de enviar a la cárcel. En este caso, estoy claro que actúo para bien de los inocentes que, de no hacerlo, podrían sufrir un día el mismo daño que sufrí yo; y también actúo por caridad hacia la misma persona delincuente, la cual sólo así tendrá la posibilidad de convertirse. Esta es la palabra fuerte: actuar de manera fuerte, no por venganza u odio sino para que el pecador se convierta y viva (cfr. Ez. 18,28), o sea, para su bien definitivo. Entonces, la justicia, querida para el bien de todos, es el primer paso de la caridad (San Juan Pablo II).
Hablando de este tema delicado, hay que enfatizar la diferencia entre rechazo y odio. El primero lo siento y no lo puedo evitar, incluso es bueno porque hace bien sentir rechazo por la fuente del mal que he recibido. Queda un sentir: no se puede evitar y es saludable. Lo importante es que no se pase a la voluntad y la mueva a odiar: a querer devolver mal por mal y a querer que Dios condene las personas al infierno. Es que en nuestro corazón siempre debe reinar el bien. La fuente del bien y del mal es la voluntad no el sentimiento. El sentimiento es sólo una antena que señala qué es lo que hay en el corazón. No decide, simplemente siente repugnancia. Tantas personas sufren inútilmente, por no saber hacer la diferencia entre el rechazo (siente en el corazón repugnancia, y no puede menos) y el odio (es la voluntad que decide devolver mal por mal). Sentir no es pecado, con-sentir y decidir el mal sí es pecado.
Señor, que nunca me gane el instinto de la venganza; y nunca me atreva a desear el infierno a alguien, ni al peor enemigo, ni al marero, ni al yihadista; ni cuando me hacen daño a mí ni cuando lo hagan a un familiar mío (que a menudo me duele más). ¡Dame un poco de tu manera de ser tan bueno!

DISCERNIR Y JUZGAR-CONDENANDO
Cuando hablo de cosas negativas de los demás, debo aclarar en mi conciencia si estoy haciendo una operación de discernimiento o una operación de juicio-condena, sin caridad; sin preocuparme del bien de esta persona, más bien siento cosquillas de alegría hablando de sus defectos. Estoy simplemente murmurando y haciendo daño. Estoy pecando. Estoy queriendo hacer de juez, pero Jesús dijo que nadie puede ser juez, pues no tenemos elementos suficientes para conocer el grado de culpabilidad de nadie. No sabemos por qué tal persona actuó así, ni para qué ni cómo llegó a eso; no conocemos su infancia, sus heridas, el ejemplo que recibió ni con qué malicia hizo tal cosa. Jesús nos recomienda de no atrevernos a juzgar-condenando, porque seguramente nos equivocamos. Ante las maldades de los demás, nos corresponde evaluar el daño de esas acciones y si es cosa grave, actuar judicialmente, según verdad y caridad. La otra cosa que podemos hacer es orar por esa persona, para que se convierta y viva (cfr. Ez. 33, 11). Oren por sus enemigos, decía Jesús (cfr. Mt. 5, 44).
Sin embargo, hablando de las maldades de los demás, no todo es juicio malo; a veces, queremos discernir bien, si el tal daño lo hizo tal persona, cuándo, cómo; lo hago con sentido de preocupación, para evitar males mayores y, eventualmente, hacer una saludable corrección fraterna. Será mi buena conciencia la que me indique si estoy discerniendo (operación de la inteligencia, investigador), o bien, estoy juzgando-condenando (operación de la voluntad, juez).
Casi con vergüenza, Señor, confieso que llevo apenas meses de haber aprendido algo muy importante y que me ha hecho comprender porque Jesús tanto recomendó de abstenernos de juzgar-condenando a la gente. Me ha hecho mucho bien caer en la cuenta que ni en la confesión puedo juzgar; simplemente reacciono a lo que me dice el penitente, sin pretender juzgarlo-condenando y verificar si las puertas de su corazón y de su voluntad están abiertas para que el perdón de Dios, siempre disponible, pueda entrar en él; discernir para poder dar el consejo oportuno. Discernir no juzgar-condenando, eso es lo que me corresponde. El juicio corresponde sólo a Dios. ¿Y si dijéramos que ni Dios juzga-condenando? ¡Creo que estaríamos en lo cierto! Dios sólo ama, no condena, ¡no fue Él quien hizo el infierno ni es Él quien manda al infierno! (cfr. Audiencia del miércoles 28 de julio de 1999). Lo que nos condenan son las obras que hacemos: una obra de egoísmo no puede fluir hacia un mundo de amor, que es el paraíso; la condena sobre el resultado de una acción viene de la estructura interna de la realidad, no de un acto originario de Dios. Él es sólo amor, y sólo sabe amar. También cuando predico, no me corresponde “juzgar-condenando” a nadie que en mi mente yo crea condenable. ¡Qué bien me ha hecho este descubrimiento! He podido comprobar que ¡la verdad hace libre! (cfr. Jn. 8, 32). Gracias, Señor.
Señor, te pido perdón todas las veces que me he deleitado en hablar mal de la gente, sin necesidad y sin el propósito de ayudar. Cuando veo o sepa que alguien hace algo malo, lo primero que debo aprender a sentir es la compasión, y después, la corrección fraterna y, finalmente, la oración. Toda otra reacción es dañina para todo el mundo, también para mí. Que comprenda de una vez y aprenda, con serio ejercicio, ¡que la compasión llegue antes que el gusto de esparcir la infección de lo negativo de un hermano, murmurando!

LA DIVINA PROVIDENCIA
Dios provee todo lo bueno que hay en la creación. La divina providencia es un concepto especial. Quiere decir que: Dios, en ocasión de algún problema que los humanos causamos, interviene y con su creatividad amorosa produce algo mejor (cfr. Rom. 5, 20). Como hace una madre que corre a levantar a su niño que cayó por su travesura, y lo abraza y lo besa y lo consuela; a tal punto que el niño, en su inocencia, piensa que conviene caerse otra vez, para que su mamá lo vuelva a abrazar de esa manera. Esa madre es una providencia para el niño. Esto sucede a menudo en nuestra vida: todas las veces que, al encontrarnos en dificultad, después de haber hecho todo lo que está de nuestra parte, nos abandonamos en las manos de Dios, confiados que Él hará todo lo mejor para nosotros, en el momento o más adelante, de un modo o de otro. No sabemos cuándo, cómo, pero sabemos que Dios es amor infinito, incondicional, gratuito, y su felicidad es ayudarnos.
Ahora, subamos al Calvario; Jesús muere abandonándose en las manos amorosas del Padre, confiado que el Padre hará algo grande y bueno; y lo que resultó fue la resurrección y nuestra salvación. ¡Qué maravillosa providencia divina! La muerte de Jesús en la cruz fue causada por los sacerdotes judíos y los soldados romanos, no un plan de Dios. Dios ciertamente tenía su plan y era el de su divina providencia. La resurrección y nuestra salvación han sido la providencia divina del Padre. Jesús sabía que la voluntad de Dios era que el Hijo amara y quedara fiel en el amor, costara lo que costara, y dijo: “¡Hágase, Padre tu voluntad!”. El regalo del Padre fue la divina providencia de la resurrección del Hijo y nuestra salvación.
Quisiera vivir el día a día con la santa curiosidad de ver la divina providencia en acción; mi vida tendrá otro sabor. La gente sencilla y pobre y de fe, vive así y muere así.

DIOS ¿todopoderoso? no: ¡TODOAMOROSO!
Para responder a este interrogante, me limito a citar algunos párrafos del discurso que el Papa emérito Benedicto XVI dijo en la audiencia general del 30 de enero de 2013. El Papa está comentando y explicando el primer renglón del Credo: “Creo en Dios, Padre todopoderoso”. ¿Qué significa todopoderoso? He aquí sus palabras:
“El rostro bondadoso del Padre que está en los cielos se muestra plenamente en el Señor Jesús… Dios es nuestro Padre, perdonando nuestros pecados y llevándonos a la alegría de la vida resucitada… Pero, podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible imaginar un Dios todopoderoso, mirando a la cruz de Cristo? Quisiéramos una omnipotencia divina que correspondiese a nuestros esquemas mentales y a nuestros deseos: un Dios ‘todopoderoso’ que venciera a las potencias adversas, que cambiase el curso de los acontecimientos y anulase el dolor. En realidad, ante los sufrimientos y el mal, para muchos resulta problemático, difícil, creer en un Dios Padre y creer que es todopoderoso.
Pero la fe en el Dios Todopoderoso nos lleva por caminos muy diferentes: aprender a conocer que el pensamiento de Dios es diferente del nuestro, que sus caminos son diferentes de los nuestros e incluso su omnipotencia es diferente: no se expresa como una fuerza automática o arbitraria… En realidad, Dios, al crear a criaturas libres, dándoles libertad, ha renunciado a una parte de su poder, dejándonos el poder de nuestra libertad. Así, ama y respeta la libre respuesta de amor a su llamada. Su omnipotencia no se expresa ni en la violencia, ni en la destrucción de todo poder adverso, como quisiéramos, sino en el amor, la misericordia, el perdón, en la llamada incansable a la conversión del corazón… en una actitud sólo aparentemente débil, hecha de paciencia, mansedumbre y amor. Esta es la potencia de Dios y esa potencia vencerá. Sólo quien es realmente poderoso puede aguantar el dolor y mostrarse compasivo; sólo quien es realmente poderoso puede ejercer plenamente la fuerza del amor. Y Dios, a quien pertenecen todas las cosas, porque todas las cosas fueron hechas por Él, revela su fuerza amando a todos y a todo, en una paciente espera de nuestra conversión, porque quiere que seamos sus hijos… La omnipotencia del amor no es la del poder del mundo, sino la del don total, y Jesús, el Hijo de Dios, revela al mundo la verdadera omnipotencia del Padre dando su vida por nosotros, los pecadores. Esta es la auténtica potencia divina: responder al mal no con el mal sino con el bien, al odio asesino con el amor que da la vida. Así se vence verdaderamente el mal. Así la muerte es finalmente derrotada porque se transforma en don de vida. Dios Padre resucita a su Hijo: la muerte, la gran enemiga es devorada y privada de su veneno y nosotros, liberados del pecado, podemos acceder a nuestra realidad de hijos de Dios. Por eso cuando decimos ‘Creo en Dios Padre Todopoderoso’ expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios que, en su Hijo muerto y resucitado vence al odio, al mal, al pecado y nos da vida eterna, la de los hijos que quieren estar siempre en la Casa del Padre.”
Mi conclusión: ¡“Creo en Dios TODOAMOROSO con todo el corazón!”

LOS GRADOS DE FE
Los antiguos teólogos, cuando hablaban de la fe, hacían tres distinciones, que podemos llamar “grados de fe”. Primer grado: CREO QUE DIOS EXISTE (en latín: credo Deum); segundo grado: CREO QUE DIOS DICE LA VERDAD (en latín: credo Deo). Tercer grado: CREO EN DIOS Y ME ABANDONO EN SUS MANOS (en latín: credo in Deum).
Si caemos en la cuenta que los primeros dos grados los tiene también el diablo, entonces, tenemos verdadera fe solamente cuando nos abandonamos en las manos amorosas de Dios. Cuando rezamos, debemos hacerlo abandonándonos en las manos amorosas de Dios. Eso significa que le tenemos a Dios toda la confianza. El no se hará el sordo; responderá sin falta a nuestra oración; no sabemos cómo ni cuándo, sin embargo podemos estar seguros que su amor no queda insensible ante nuestras súplicas, y responderá. Eso de decir: si crees con fe y sin dudar, se te dará el milagro, en realidad me pone nervioso, porque la duda se viene espontánea y no lo puedo remediar. La fe al tercer grado ¡me da más garantía!
Señor, dame la gracia de asimilar profundamente el sentimiento de fe al tercer grado; entonces, quedaré conforme aun cuando parece que no me respondes ya que me abandono en tus manos y sé que tú harás todo lo bueno, para mí y para aquellos por los cuales estoy orando.
“Yo creo, Señor, pero tú ¡aumenta mi fe, hasta el tercer grado”!

LA CAUSA DE LOS POBRES
Nuestra espiritualidad cristiana quiere evitar todo tipo de monofisismo (que es creer, prácticamente, sólo en el Cristo divino). Ahora bien: Cristo prioriza a los pobres y dice que en ellos su presencia es más intensa. Los pobres están siempre en medio de nosotros: cuidar de ellos es camino especial de santidad. En el contexto de los pobres, entendemos por “causa” todo lo que es necesitado y justamente reclamado por los pobres. Desde siempre y en todo lugar, los pobres son despreciados y abandonados. Incluso el Antiguo Testamento está lleno de frases como éstas: “Dios defiende la causa de los pobres” (cfr. Dt. 24, 14; Sal. 9, 9 e innumerables otras citas). En el Nuevo Testamento es difícil pasar tres páginas seguidas sin que se encuentre algo que aluda a estos conceptos. En este tiempo, la Iglesia universal ha hecho suya la expresión fuerte de “amor preferencial por los pobres”, como exigencia para los cristianos. Los obispos latino- americanos, en 1999, año del Padre, dicen textualmente: “El amor preferencial de Dios está en los pobres, independientemente de su condición moral”; “La Iglesia es concorde en optar preferentemente por los pobres. Ella no puede olvidarse de su cuna, de Jesús el carpintero, ni puede tener otra lógica que la de Dios, para llevar adelante su misión”. Es la lógica de Dios, de Jesús y de María. Si entre nuestras preocupaciones y esfuerzos humanos no ponemos a los pobres en primer lugar ¿podremos llamarnos cristianos? En el juicio universal, Mateo 25, Jesús da la respuesta. La opción preferencial por los pobres, como Jesús presenta el problema, será la “única materia de examen” para entrar al Paraíso. No cabe duda que la opción preferencial por los pobres hay que tomarla en serio y de forma concreta, no abstracta. Sabemos que si los pobres están así es por el egoísmo de otros seres humanos que los han empobrecido.
Perdona, Señor a aquellos que se atreven a decir que eres Tú quien quiere que los pobres estén así. Perdónalos, pero que se conviertan y vivan y dejen vivir dignamente a los pobres.
Se nos hace fácil evadir el tema por la tendencia, muy arraigada en nuestra espiritualidad tradicional, a buscar casi exclusivamente al Jesús divino, descuidando al Jesús humano, su historia humana, su compasión, su trato humano, sus manos encallecidas y su conexión profunda con el sufrimiento de los pobres de Nazareth. No conectamos, como es necesario hacerlo, los 18 años de vida silenciosa (de los 12 a los 30) con el primer discurso en la sinagoga de su pueblo. En esa ocasión significativa, comentando un pasaje del profeta Isaías, se le salió espontáneo decir: ”Yo vine para anunciar la buena noticia a los pobres, liberar a los oprimidos, consolar a los afligidos y predicar el año de gracia (que era una reforma agraria)” (cfr. Lc. 4, 16). El Reino de Dios encuentra sus mayores tropiezos en la opresión de los pobres. Yo quiero hacer algo para que tu reino, Señor, avance; quiero comprometerme a asumir la causa de los pobres, hasta el final de mi vida. Solidarizarme con los pobres con toda forma de solidaridad.
Conocemos la caridad asistencial y la caridad promocional; en nuestro tiempo, ha surgido la urgencia de forjar una tercera forma de caridad: la estructural. Las estructuras injustas bloquean las primeras dos formas de caridad, haciéndolas casi inútiles o, incluso, ”cooperantes” de las mismas estructuras injustas. De esta manera, los pobres no avanzan en la solución de sus problemas y, menos, en la recuperación de su dignidad. Si la gloria de Dios es que el hombre viva, en las actuales estructuras socio-económicas mundiales, Dios no recibe gloria. Eso toca directamente nuestra espiritualidad cristiana. Hay que incentivar las tres formas de caridad, dando prioridad, de ser posible, a la tercera. Animarnos a meternos y a facilitar que otros se metan en el engranaje socio–político–económico de las estructuras (cfr. Sollicitudo rei sociales, 39). A menudo, en este campo, nos sucede aquello mismo que Jesús reprochaba a los fariseos: “Ustedes no entran y no dejan entrar”; y criticamos aquellos que sí se meten. La responsabilidad de no querer seguir al Señor en el amor al prójimo en este aspecto sensible es grande. Señor, danos entrañas de compasión hacia los pobres, como las tenías tú. Las necesidades son tantas y los obreros tan pocos; haz de mí, al menos un ayudante de los obreros de tu viña”.

EL REINO DE DIOS PROGRESA
*Lo anterior es lo nuevo de la espiritualidad cristiana sugerido por los signos de los tiempos; queda la tarea de hacer lo que dijo Jesús una vez: ser sabios, y sacar de nuestra alforja espiritualidad antigua y espiritualidad nueva. Ya que, hoy, no podemos ser “santos” si no incluimos lo nuevo en lo antiguo, que son los valores perennes.
Gracias, Señor, por esta dinámica que no deja de entusiasmar; y te pido la gracia de ser incansable colaborador del avance de la Historia, que es tuya. Conocemos bien los puntos de llegada: el amor, la paz, la justicia, la verdad, la igualdad, la inclusión, la santidad, la vida. No podemos confundirnos: cada vez que hacemos crecer dentro de nosotros y a nuestro alrededor estas cosas, seremos tus buenos colaboradores, y estaremos entre aquellos que te aplaudirán, junto a “los árboles del bosque” (Dn. 3, 57), cuando vengas, al final de los tiempos.
A pesar de todo el desorden que hace sufrir y morir, la humanidad va mejorando; el reinado de Dios va haciéndose cada día más efectivo. El Espíritu Santo entró en el ser humano, en Cristo, antes de que Adán y Eva pecaran, de manera que el pecado obstaculizó pero no pudo detener el inicio poderoso de la humanidad hacia su fin, que en la mente de Dios creador era el de que llegáramos a ser partícipes de su divina naturaleza. Al hacerse visible el “Primado absoluto y universal de Cristo”, hace dos mil años, esta marcha ha recibido un impulso definitivo, declarándose Cristo camino, verdad y vida. Será Él mismo quien concluirá triunfalmente en su segunda venida el reinado del Padre, reino de amor, justicia, paz, verdad, igualdad, inclusión, santidad y vida.
La consecuencia sorprendente es que el mundo mejora continuamente, a pesar de las apariencias en contra. Los historiadores pueden constatarlo científicamente, pero también los ancianos que analizan bien las cosas, y comparen el mundo de su infancia con el actual. Y no es sólo cuestión de progreso tecnológico, se trata de progreso de valores. Según el criterio de la “estimativa moral”, los valores cambian de lugar pero no se pierden; por ejemplo: hace 50 años, la obediencia era el valor que encabezaba la lista de los valores, en cambio, hoy es la justicia social. Además, hay valores nuevos que surgen, por ejemplo: el voluntariado; valores artísticos, culturales, el avance de la ciencia, con sus aplicaciones sumamente benéficas. Hace unos años, Steven Pinker, profesor de psicología en la Universidad de Harvard y considerado en algún tiempo entre los 100 pensadores más influyentes en el mundo, escribió un libro de 800 páginas, demostrando con estadísticas y gráficas que la violencia en el mundo ha estado retrocediendo constantemente. El libro se titula: Los mejores ángeles de nuestra naturaleza. Algunos ejemplos: la violencia de las tribus fue nueve veces más mortal que las guerras y genocidios del siglo 20. El asesinado en la Europa medieval fue treinta veces más frecuente que actualmente. El Millennium Project toma este libro como punto de referencia para sostener la visión positiva del camino de la humanidad. Los cristianos saben que esta visión coincide con la visión realista pero optimista del cristianismo; la palabra “evangelio” (=buena noticia) ¡es todo un símbolo!
Los signos de los tiempos son las evidencias de la tesis en cuestión. Algunos ejemplos: el cese casi repentino de las persecuciones contra los cristianos, en el Imperio romano todavía fuerte; los movimientos culturales del Renacimiento, la liberación de América latina y de las regiones colonizadas, la institución de la ONU y del Tribunal Penal Internacional (TPI), el proceso de unificación de Europa, un negro afro americano Presidente de EEUU. Acontecimientos imprevistos apenas unos años atrás. El Espíritu Santo “que hace nuevas todas las cosas”, por ser savia de la persona humana-divina de Cristo, fermenta la “masa” de la Historia y de vez en cuando surgen “panes” sorprendentemente sabrosos.
Fray Mauro Iacomelli, ofm
maurelivit@gmail.com