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Dios es amor Teología Franciscana

La teología franciscana

Mi querid@ teólog@, las teologías son reflexiones e interpretaciones de la verdad cristiana. Pueden ser muy distintas, aunque guarden la ortodoxia. Es como decir que reflejan la misma verdad, pero iluminando y profundizando facetas diferentes.

La teología que conocemos y manejamos a nivel de las universidades pontificias y de predicación popular, sigue siendo la de Santo Tomás de Aquino, acogiendo y sistematizando la visión teológica del Cur Deus Homo de San Anselmo . Esta teología ha hecho un servicio inmenso al caminar del pueblo de Dios. Sin embargo, como toda actividad humana, tiene sus limitaciones. Una de sus grandes limitaciones es la de sugerir una visión pecado-céntrica del cristianismo. En el centro del plan de salvación está el pecado. Este es casi el protagonista, hasta tal punto que si se quitara el pecado, no habría plan de salvación y Jesucristo no habría venido a estar con nosotros. El pecado es el motivo de la encarnación. Pero esta concepción pecado-céntrica generó la visión del castigo y del temor. No hay necesidad de detenernos en este punto, pues ejemplos hay de todo peso y tamaño. Ahora bien, la cultura actual ya no soporta tal visión.

La teología franciscana nació al mismo tiempo que la teología tradicional, pero tuvo menos suerte, si bien sobrevivió hasta hoy. Es Cristo-céntrica. Sostiene que Jesucristo habría venido a estar con nosotros aunque no hubiese habido el pecado.

La motivación es interesante. Jesucristo habría venido porque Dios es amor y sólo el amor es el estimulo de sus decisiones. Un amor libre de cualquier condicionamiento, sobre todo del condicionamiento del pecado.

Es como si un médico visitara a sus amigos solamente cuando ellos están enfermos. Un médico visita a sus amigos por amor, porque son sus amigos; siendo muy lógico que si, al visitarlos, los encuentra enfermos, lo primero que hace es curarlos, con el fin de que puedan disfrutar de su visita.

La segunda persona de la Trinidad se habría encarnado prescindiendo de si el ser humano hubiese o no pecado. Fundamentos bíblicos para esta visión teológica hay muchos. Voy a referir aquí algunas citas:

  • “(…) y nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo” (Ef 1,4).
  • “Dios trazó su plan de salvación desde el principio en Cristo Jesús” (Ef 3,11).
  • “Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades; todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia”. (Col 1, 15-17).
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Dios es amor El Dios que castiga

Un gran velo

Mi querid@ teólg@, un gran velo cubre nuestros ojos y vemos el rostro de Dios Padre todo borroso. Es el velo del temor. El velo del Antiguo Testamento, leído y expresado por la cultura judía, con grandes limitaciones filosóficas y teológicas. Jesús, con su comportamiento y con la parábola del hijo pródigo (mejor seria llamarla del padre bondadoso), revolucionó esa visión que entre los hebreos era común, con algunas cualificadas excepciones. Según la visión de Jesús, Dios es amor, sólo amor, nada mis que amor.

Dios Padre es vida, sólo vida, nada más que vida. Donde hay enfermedad y muerte, Dios Padre, que es el Dios de la vida, se hace presente como médico y consolador. La muerte física, psíquica y espiritual, parcial o total, es cuando el ser humano rechaza al Maestro que previene, y al Medico que cura. Es como cuando uno se muere de frío, no porque no haya fuego o porque éste no quiera dar calor, sino porque uno se aleja y se esconde del fuego, del sol, de la luz.

¿Qué imágenes se tiene de Dios? ¡Imágenes contaminadas, blasfemas! Las de un dios antojadizo, castigador, vengador. Nosotros, los adultos, hasta tenemos el descaro de desmenuzar estas imágenes a los niños. Les decimos que si no obedecen al papá o a la mamá, Dios los va a castigar; que si no van a misa, Dios los castiga. En realidad, estamos haciendo el papel del demonio, desacreditando al verdadero Dios.

Hemos proyectado en Dios las imágenes negativas de algunos padres que a menudo “padrinos mafiosos” son padrastros. No pudiendo o no queriendo mejorar nuestra paternidad, nos hemos querido convencer de que Dios tiene nuestros mismos defectos y así lo transmitimos de generación en generación. De este incalificable mecanismo de defensa, los más responsables somos nosotros, hombres y mujeres de iglesia.

Nuestra ignorancia sobre la verdadera imagen de Dios no es libre de culpa, porque está inspirada en la salvaguarda y el reforzamiento de nuestros poderes y privilegios. De manera que, siendo nosotros tiranos, hemos predicado a un dios tirano poderosos para complacer a los tiranos, los cuales a menudo fueron y son nuestros amigos y bienhechores.

Afortunadamente, algo empieza a cambiar dentro de la Iglesia, a este respecto.

En el documento del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano, – 2.2 Un año dedicado a Dios, nuestro Padre, 3, 4 párrafo), escrito para celebrar el 1999 como el año del Padre, los obispos dicen así:

¡Qué don tan grande, entonces, poder dedicar un año a su paternidad para espantar del alma humana las caricaturas de Dios que tanto daño nos hacen y nos han hecho! Un año para dejar de lado al Dios justiciero, vengativo, castigador. A un Dios hecho a imagen y semejanza del hombre, incapaz de clemencia y de perdón. Un Dios-ley, un Dios impredecible, arbitrario, antojadizo. Un Dios-naturaleza, del que sólo conocemos su poder, que muchas veces nos aterra. Un ídolo. Una caricatura. Una simple mueca de una búsqueda sincera pero incompleta.

¡Qué don tan grande tener un año para evangelizar sobre Dios, sobre el Padre, y hablar acerca de su corazón y de su belleza a los cuatro puntos cardinales! Un año para exorcizar las visiones erráticas sobre Dios, enderezar las torcidas, completar las parciales y llenar de gozo el corazón humano, que esta inquieto hasta que no descanse en Él (cfr. San Agustin)".

Dios no castiga en absoluto, todo lo malo, lo enfermo, en la mente y en la sociedad tiene nombre y apellido humano dijo JP II el 1ero de enro del 2002 y el actual Papa a los enfermos que iban a Lourdes, dijo, "Dios nos ha creado para la vida y la felicidad, pero la enfermedad y la muerte son consecuencias del pecado".

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Dios es amor Nueva Teología Teología Franciscana

Dios y mis vaquitas

Mi nombre es Fray Mauro Iacomelli, franciscano; soy italiano y he cumplido 38 años de haber llegado a tierras centroamericanas.

Trabajé 12 años en Nicaragua, de 1974 a 1986, y el resto aquí en Guatemala.

Te digo, mi querid@ teólog@, de una vez que estoy agradecido con el Señor y con la comunidad centroamericana, especialmente los nicas y chapines, porque en realidad me parece que me han ayudado a entender mejor el evangelio que si me hubiera quedado en Italia. Así lo siento.

Para empezar me parece útil narrarles brevemente cómo llegué a ser misionero. Una cosa es cierta, no he bajado del cielo.

Estaba en medio de un prado cuidando de mis vaquitas (una se llamaba estrellita, otra princesa y la tercera regina), cuando un fraile limosnero me propuesto entrar en el seminario menor de los franciscanos. Yo tenía 12 años y había terminado la primaria. El fraile me dijo que allí los muchachos estudiaban y jugaban al balompié, y, si uno quería, podría ser fraile. Entré porque me gustaba estudiar y jugar balompié.

Empecé a pensar que Dios se tenía algo entre manos conmigo (como con todos), cuando a lo largo de los 14 años de seminario vi salirse a 23 de mis 25 compañeros, y yo en cambio, desde el primer día iba sintiendo cada vez más seguro de este camino.

Otra cosa. Desde muy temprano, en los primeros años del seminario, me daba vuelta en la cabeza una frase que no sé a quien se la había oído. La frase era “consolar a los afligidos“. Más tarde la encontré en el Evangelio. Pero, para entonces, ya se había tanto apoderado de mi sensibilidad que todo lo bueno lo hacia bajo el impulso de “consolar a los afligidos”. Me preguntaban ¿por qué quiere ser sacerdote? Y yo contestaba: para consolar a los afligidos. Aquello me resonaba dentro como si fuera mi nombre.

Estudié teología con un joven nicaragüense, quien me contaba de las calamidades que se pasaban en su país; era 1970. Así que, 3 años más tarde, cuando los superiores en Italia preguntaron si había algún valiente que quisiera ir a Nicaragua, levanté la mano de un impulso.

Esto fue hace exactamente 30 años. Me encontré en medio de la revolución sandinista y después a Guatemala, en medio de tantos mártires a causa del Evangelio.

A pesar de mis pecados, el Señor me ha tenido misericordia y he llegado a esta fecha y a esta edad con la alegría de decir:

“gracias Señor porque en medio de tantos pueblos pobres y afligidos por tantas dificultades me has hecho entender bastante tu Evangelio”